El Nacimiento o Belén |
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Montar el belén, una costumbre que debemos a San Francisco de Asís.
La costumbre de representar el nacimiento de Jesús llegó a España hace sólo 200 años. En el siglo XVIII el Rey Carlos III hizo traer esta tradición desde Nápoles a nuestro país. Un siglo después, los belenes habían arraigado con fuerza en toda la península. Sin embargo, esta tradición de origen italiano viene de antiguo. Todo indica que fue San Francisco de Asís quien tuvo la genial idea. Tras asistir a la celebración de la Navidad en la ciudad de Belén quedó tan impresionado que, a su regreso a Italia, pidió un permiso al Papa Honorio III para reproducir en vivo el nacimiento de Jesús. El Santo eligió su pueblo natal, Greccio, y en 1223 instaló un pesebre dentro de una cueva donde colocó una imagen en piedra del niño Jesús. A su lado puso un buey y un asno vivos e invitó a un pequeño grupo de gente a reproducir la escena de la adoración de los pastores. En aquella cueva, San Francisco de Asís celebró la Misa del Gallo de la Nochebuena de aquel año. Cuenta la leyenda que durante el oficio la figura del niño Jesús cobró vida. Un milagro que sirvió de catapulta para propagar la costumbre de poner un belén por estas fechas. Hoy en día es típico representar el nacimiento de Jesús mediante figuritas de barro, que colocamos en medio de un paisaje construido a base de arena, corcho, musgo, papel de plata, harina, etc. |
El árbol de Navidad |
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La costumbre del árbol de Navidad, sin adornos, comenzó en Alemania en el siglo VIII. De aquel país hay un escrito que relata el origen de esta tradición navideña. Cuenta el relato que San Bonifacio, un monje misionero británico, acudió a la ciudad alemana de Geismar para pronunciar un sermón el día de Navidad. Su público era una tribu germana, de religión druídica, que idolatraba al roble, un árbol al que consideraban sagrado. Durante su sermón, San Bonifacio quiso convencerles de que el roble no era sagrado, y no se le ocurrió otra forma de hacerlo que derribarlo a hachazos delante de toda la tribu. Al caer, el roble aplastó todo cuanto pilló a su paso: plantas, matas, arbustos… Pero un pequeño abeto quedó en pie, intacto. San Bonifacio interpretó la supervivencia del abeto como un milagro, y acto seguido pronunció una frase a partir de la cual arranca una tradición que ha llegado hasta nuestros días: "Llamémosle árbol de Jesús Niño". Ni que decir tiene, que desde aquel mismo día en Alemania las Navidades se celebraron plantando abetos, una costumbre que se propagó rápidamente por toda Europa. Pero hasta el siglo XVI los abetos estuvieron desnudos. Fue entonces cuando un capricho del destino hizo que se empezasen a decorar los abetos en las casas alemanas.
El primero en adornar un árbol navideño fue Martín Lutero, el artífice la Reforma Protestante del siglo XVI, y lo hizo colocando velas encendidas. Una tarde invernal, mientras Martín regresaba a pie a su casa, le llamó la atención el brillo de las estrellas que parpadeaban entre los abetos del bosque que atravesaba. Le resultó tan fascinante lo que vio, que cuando llegó a su casa no tenía palabras para describir aquel espléndido paisaje. Así que para reconstruir ante su familia la escena del bosque, ni corto ni perezoso, colocó un árbol en la sala principal de su casa y adornó sus ramas con velas encendidas. Poco después, la gente comenzó a adornar sus árboles de Navidad con rosas recortadas en papel de diferentes colores, con manzanas, galletas, pan de oro y azúcar. Hoy sustituimos estos adornos y las velas de Martín Lutero por guirnaldas, espumillón y luces intermitentes de muchas formas y colores. |
La verdadera historia de Los Reyes Magos |
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El texto del Evangelio de san Mateo habla de los Magos de Oriente, pero no indica ni el número de los Magos que acudieron al Portal de Belén ni sus nombres ni si eran de tal o cual raza. Todo indica, sin embargo, que eran un grupo de intelectuales con una gran influencia social como consejeros públicos y que, por ser Magos de Oriente, su origen era persa. La tradición, la leyenda y la fantasía son las que se han encargado de adornar en muchos aspectos a estos visitantes del pesebre en el que nació el Niño Jesús. En el siglo IV, por ejemplo, ya se habla de ellos como Reyes. En el siglo VII, su número, que había oscilado hasta entonces entre 2 y 15, se fija definitivamente en tres, y empiezan a sonar sus nombres: Gaspar, Melchor y Baltasar. En esta época, la Iglesia Católica interpretó su homenaje al Niño Jesús como una manifestación de Dios ante todo el mundo. De ahí que desde este momento histórico se les haya representado con razas distintas:
· Melchor, blanco y con barba rubia, representaría a Europa · Gaspar, moreno y de barba negra, sería el mensajero de Asia · Baltasar, el popular rey negro, personificaría al continente Africano. O sea, todo el mundo entonces conocido, puesto que América aún no había sido descubierta. Con el transcurso de los tiempos, este homenaje de los Reyes Magos al Niño Jesús pasó a convertirse, sobre todo en España y Francia, en una festividad en la que los niños eran homenajeados con juguetes y golosinas durante la noche, verdaderamente mágica, del 5 al 6 de enero. Una tradición que actualmente continúa, sobre todo en España, pese a que con los buenos Reyes compite otras figura muy generosa llamada Papá Noel. |
Papá Nöel |
| El auténtico Papá Noel se llamaba San Nicolás y nació en Licia, una antigua ciudad de Turquía, a principios del siglo IV. Tras la muerte prematura de sus padres, Nicolás se dedicó en cuerpo y alma a la religión católica. Siendo muy joven fue nombrado obispo de una ciudad asiática llamada Myra. Pero fueron dos aspectos muy concretos de su vida los que le llevaron a convertirse en Santa Claus: su gran generosidad y su amor y dedicación a los más pequeños. Hace cientos de años, este bondadoso anciano ya dejaba sus regalos en las casas de los niños europeos, pero no vestía como lo hace actualmente, y tampoco utilizaba el mismo medio de transporte. En aquella época, San Nicolás llevaba ropajes de obispo de color rojo y blanco y una larga barba blanca que todavía hoy mantiene, pero no viajaba en un trineo arrastrado por renos, sino en un viejo asno, muy rápido eso sí. Eran otros tiempos, y en ausencia de Barbies, Clics de Famobil, Monopolis, etc. Papá Noel regalaba a los niños dulces, frutas, caramelos, leña y figuritas de barro. |